viernes, 24 de enero de 2020

F.L.O.W.E.R | Capítulo 2


Buenas noches luciérnagas de colores, ¿todo bien?
Hoy ha sido un día... extraño, y muy feo, pero igual quería regalaros un nuevo capítulo de este FanFic porque sí, porque me siento generosa, porque yo lo valgo.

¡Disfrutadlo!


Si quieres leer, dale a...

II
LOTUS FLOWER. GRACE AND SPIRITUAL PURITY

El corazón de Eunbin latía rápido. En su cabeza sonaba firme como un tambor, pero estaba segura de que si Seunghee lograba escucharlo, ésta se asustaría por el ritmo irregular que mantenía. Sus ojos, brillantes y algo acuosos por el frío que hacía en la calle, miraron con calma a la mujer que tenía frente a ella. Seunghee era hermosa, Seunghee era perfecta, Seunghee era la mujer a la que amaba. Estaba convencida.

La nieve seguía cayendo con suavidad, rozando la piel de sus mejillas como un pequeño beso invernal, uno tímido y ligero, uno primerizo y cálido. No le importaba pasar frío si así podía verla disfrutar de algo tan simple como era el contemplar la nieve teñirlo todo de blanco. Eunbin se estaba dando cuenta de que conocía poco a la mayor, ¿quizás por eso no lograba acercarse a ella tanto como quería? ¿Pero qué podía hacer si cuando la tocaba todos sus nervios se disparaban y sus labios temblaban como si le estuviera dando un ataque? Seunghee no era consciente de la cantidad de sentimientos que le provocaba a la menor, y ésta odiaba el no saber cómo transmitírselos.

Eunbin necesitaba ayuda pero no sabía a quién pedírselo por miedo a que la tacharan de extraña o perdieran la confianza en ella. Ya sintió algo parecido cuando CUBE anunció que formaría parte de CLC; muchos de los fans que había ganado durante Produce 101 dejaron de seguirla y apoyarla, ¿por qué? Habían pasado años desde aquello, pero ella seguía sin entenderlo, y le dolía.

Sin darse cuenta, sus labios se curvaron en una tierna y dulce sonrisa cuando la mayor la saludó con la mano, a unos metros de su posición. Ella solo levantó la suya, notando como las puntas de sus dedos se helaban al momento. La maknae se había dejado los guantes en casa y, a pesar de que al principio quería regresar a por ellos, finalmente no lo hizo.

Los copos de nieve, pequeños e irregulares caían sobre su cabeza, derritiéndose segundos después. Le gustaría que aquella nieve cayera para siempre, de esa manera podría continuar viendo a Seunghee jugando con ella y dando vueltas por la calle cual niña emocionada. Quería retener esos momentos en su mente para siempre, grabarlos en su retina y que nunca escaparan de su cabeza. Quería pensar en dichos instantes cuando se sintiera mal, cuando se quedase sola o cuando estuviera en esos días en los que se volvía insoportable y se aislaba como si aquello fuera la solución a todos sus problemas. A veces se detestaba a sí misma, porque mientras que las demás buscaban apoyo y soporte moral cuando se sentían mal, ella era como una criatura que se escondía en una cueva y no salía de allí hasta que se sentía mejor, aun si eso significaba lamentarse en silencio y verse como alguien sin futuro. A veces era demasiado dramática.

   —¿No has traído guantes?— el rostro de la mayor apareció frente a ella sin darse cuenta, haciendo que la morena abriera los ojos bastante sorprendida —me dijiste que no te faltaba nada…—.
            —Yo… no quería molestar—
confesó Eunbin, juntando ambos puños de su chaqueta para que las manos quedaran escondidas entre estos.
            —¿Quieres regresar? Podemos hacer las compras otro día—.
            —¡No!— la menor alzó la voz sin darse cuenta —unnie, quiero estar contigo. No te preocupes por mis manos, estarán bien—.


Seunghee tomó una de éstas, mirándola en silencio al tiempo que acariciaba su palma con ambos pulgares. Ella llevaba puestos unos guantes de piel de color chocolate. El ceño de la mayor se frunció en cuanto sintió el relieve de los callos en la palma de la más alta; su otra mano estaba igual de mal cuidada. A la menor nunca le habían gustado sus manos, ella las veía feas. Desde su perspectiva el problema residía en que sus dedos eran demasiado largos y huesudos además de que sus uñas existían en poca medida debido a que se las había estado comiendo desde la secundaria, una mala manía que seguía arrastrando hasta el día de hoy.

   —Eunbin, es importante mantener tus manos cuidadas. Si éstas se enfrían, toda tú quedarás helada, y no quiero que enfermes— y ahí estaba de nuevo, Seunghee siendo la “madre” que todos adoraban.
            —Estoy bien, unnie, de verdad. Vayamos a comprar, cuando entremos en una tienda mis manos ya no sentirán tanto frío, te lo prometo—.
Otro suspiro salió de los labios de la bajita, colándose en forma de vaho denso entre las fibras de su gruesa bufanda oscura. Seunghee sabía que no le haría cambiar de opinión, por lo que decidió que era mejor continuar con su camino y empezar con las compras navideñas.

A la mayor le gustaba mucho salir a hacer ese tipo de recados. Ella siempre se había encargado de comprar los regalos para las demás; le gustaba ver sus caras ilusionadas por la mañana, desenvolviendo paquetes como niñas pequeñas. Ver a las chicas gritando por sus nuevos regalos mientras la mayor las miraba con una taza de chocolate caliente entre sus manos era una imagen familiar y maternal, y si pudiera repetiría esos momentos día sí y día también.

Seunghee adoraba ver a las demás felices con tan poca cosa. Si por ella fuera, les compraría el mundo entero, a todas, pero su bolsillo no daba para mucho y apenas estaban recuperando ingresos. Detestaba que la empresa no pusiera más empeño en el grupo, pues ella sabía que con un buen marketing, una buena producción y una canción decente, CLC podía llegar muy alto y empezar a ser conocidas como el grupo que eran, y no como aquellas secundarias de CUBE a las que nadie les hacía caso. Seunghee haría lo que fuera para que el grupo continuara feliz y unido.

Las fiestas eran algo sagrado para la mayor, y eso mismo era lo que hacía que siempre saliera a comprar sola para que todo quedara en sorpresa. Sin embargo, esa tarde Eunbin había insistido en acompañarla, poniendo como pretexto que el año anterior Seunghee había comprado cosas muy grandes, y que había tenido dificultades para regresar a casa. Ella solo quería ayudarla.

Los pensamientos de la maknae quedaron en pausa cuando sintió que Seunghee metía su mano helada en el bolsillo de su larga chaqueta de color marrón claro. La más alta notó una calidez bastante notable en las puntas de sus dedos, la cual, poco a poco, se fue extendiendo por el resto de su mano. Sus ojos se dirigieron al instante a dicho bolsillo, apartando la mirada lo más rápido que pudo para evitar levantar sospechas. Si Seunghee veía aquello, lo interpretaría como que le molestaba, y si ahora soltaba su mano, Eunbin se iba a sentir perdida y más torpe de lo normal.

Por inercia apretó más fuerte la mano de la mujer mientras paseaban, deseando que aquello durara para siempre. Sus ojos se desviaron de la manera más disimulada posible al rostro de la contraria, envidiando aquellas facciones de princesa, esos rasgos tan bellos y perfectos. Eunbin bajó un poco la cabeza para que sus labios quedaran cubiertos por su bufanda y sonrió, sonrió feliz. Realmente lo único que necesitaba para sentirse completa era estar al lado de la ex-líder. Necesitaba muy poco, pero significaba tanto para ella que le asustaba pensar que aquello nunca llegaría a más.

¿Cómo reaccionaría Seunghee el día que se enterara que le gustaba a Eunbin? La mujer parecía una persona racional y abierta de mente, pero una cosa era lo que mostraba ser en público y otra cosa completamente distinta el cómo se iba a sentir al saber que compartía casa con alguien que la amaba. La morena tragó saliva. Tenía miedo de que todo aquello acabara por su culpa, por ser una egoísta que no tenía en consideración los sentimientos de la bajita.

   —¿Entramos?— Seunghee la sacó de sus pensamientos al señalar la puerta de una tienda. Eunbin no se fijó en el tipo de la tienda, solo asintió y siguió a la mayor —¿cuál es tu color favorito?— la castaña sabía bien cuál era, pero le había dado la sensación de que la menor se había tomado sus palabras como un regaño, motivo por el cual quería que hablara, que se distrajera y que no pensara que aquello iba a transformarse en un castigo cuando regresaran a casa.
            —El rojo— contestó ella, abultando sus labios en un disimulado puchero en cuanto la mayor soltó su mano. Eunbin solo metió las suyas en los bolsillos de su propia chaqueta y esperó, siguiendo en silencio a la contraria. Una vez Seunghee pagó y salieron a la calle, ésta le tendió un par de guantes rojos.
            —Dame tus manos— Eunbin solo obedeció —menos mal que acerté tu talla— Seunghee sonrió, satisfecha —tienes las manos grandes así que no sabía si lo habría hecho bien o no—.
            —¿Son para mí?— la maknae miró sus manos, cubiertas por un par de guantes de lana gruesa. Un calor extraño la envolvió, como si de repente todo lo malo que corría en su interior se hubiera esfumado.
            —Pues claro que son para ti, tonta— sonrió la castaña, curvando sus labios en un gesto tierno —no me gusta la idea de que pases frío, y como vamos a estar un buen rato comprando prefiero asegurarme de que no te enfermarás—.
            —Unnie…—.
            —¿Mh?—.
            —¿Puedo… coger tu mano otra vez?— Eunbin notaba que le faltaba algo. Sus dedos extrañaban la sensación de sentir algo firme agarrándolos y el calor que la mujer transmitía a pesar de llevar guantes de piel. Era como si su dermis picara porque no tenía dónde aferrarse.

A pesar de que no obtuvo respuesta, Seunghee accedió a entrelazar sus dedos una vez más, logrando que las mejillas de Eunbin se tornaran de un intenso rojo del cual ésta pronto se excusó diciendo que debía ser el frío. Debido a eso, la mayor se puso frente a ella y le quitó la bufanda, para luego volver a ponérsela con un nudo mejor hecho, asegurándose de que la menor estaba bien abrigada. Eunbin no supo de dónde sacó la valentía, pero mientras Seunghee le colocaba bien la bufanda, ella alzó una de sus manos y tocó la mejilla de la contraria. Solo fue un roce, un toque pequeño y efímero, pero fue suficiente como para poder ver aquellos orbes brillantes y maternales mirándola sin parpadear. Seunghee sonrió, achinando ligeramente sus ojos mientras seguía toqueteando la bufanda de la menor. Si la ex-líder tan solo supiera la cantidad insana de emociones que corrían por el interior de la maknae cada vez que la miraba, si tan solo Eunbin fuera un poco más valiente, si tan solo ésta tuviera el valor de abrir la boca y decirle lo mucho que la amaba… De haber sido un poco más atrevida, la hubiera besado ahí mismo.

Eunbin estaba segura que a ojos de la bajita ella lucía como una idiota que se inventaba cualquier excusa para no estar sola. Las miembros seguían viéndola como una cría, pero ella ya no lo era, no quería seguir luciendo como una niña pequeña, quería demostrarles que había crecido y que podían contar con ella para hacer cosas de mayores. ¿Cuándo la iban a llevar a algún local nocturno? Detestaba que todas fueran a cenar y a beber y a ella la dejaran sola… o con Tingyan, la verdad es que no sabía qué era peor. La hongkonesa siempre estaba en su mundo y por mucho que Eunbin intentara seguirle el juego para divertirse con ella, era imposible. Esa mujer estaba en otra liga.

A medida que pasaban los minutos, los brazos de la maknae comenzaban a sentir el cansancio de cargar con tantas bolsas llenas de regalos. ¿Cómo lo hizo Seunghee el año anterior para poder cargar con todo eso ella sola? Era increíble.

   —¿Quieres descansar un poco?— la menor asintió con la cabeza, jadeando bajo su gruesa bufanda —ven— la castaña empujó la puerta de una cafetería y Eunbin se dirigió con rapidez a la mesa más apartada del lugar.

El local tenía un ambiente otoñal; las mesas de caoba fina estaban barnizadas con una gruesa capa de resina transparente y la mayoría de los asientos eran sofás con grandes cojines de color granate y relieves que simulaban los troncos de los árboles. La morena dejó las bolsas a su lado, contra la pared para que no cayeran, antes de quitarse la bufanda, los guantes y la chaqueta. Una vez sintió que podía respirar mejor, suspiró de manera lenta y pesada y se dejó caer en el asiento.

   —Cualquiera que te vea pensará que has corrido una maratón— bromeó la ex-líder —¿qué te apetece tomar?—.
            —Chocolate caliente— respondió la menor, tamborileando los dedos contra la mesa con cierta impaciencia.


Eunbin alzó la cabeza para seguir con la mirada a la mayor, sonriendo cual boba enamorada sin darse cuenta mientras se fijaba en todos y cada uno de sus movimientos. La castaña se movía de una manera tan delicada y etérea que cualquiera que se fijara en sus gestos y palabras podría entender perfectamente por qué la maknae suspiraba por ella. Pocos minutos después, Seunghee regresó con dos tazas de chocolate caliente y un plato con pedazos de bizcocho.

   —He pensado que tendrías hambre, así que también te he traído esto— señaló el plato —quedan algunas compras por hacer pero todavía es temprano, así que te dejaré descansar un buen rato—.

La vocalista apoyó su cabeza contra su mano hecha puño y metió la cuchara en la larga taza blanca llena de chocolate. Sus movimientos eran pausados, iba en el sentido contrario a las agujas del reloj, pero ni siquiera estaba mirando la taza. Los ojos de Seunghee se habían quedado fijos en el rostro de la más alta, quien devoraba con ansia y glotonería los pedazos de bizcocho mojados en el chocolate. La sonrisa tierna y maternal en los labios de la bajita se intensificó cuando Eunbin acercó la taza a sus labios y, al retirarla, dejó un bigote de chocolate sobre su labio superior. Era adorable, nadie podía decir que no lo era.

   —Unnie, se te enfriará el chocolate si no te lo tomas pronto— la morena frotó sus labios con una servilleta pero dejó un pequeño rastro de chocolate en una de sus comisuras. Seunghee no dijo nada, ella simplemente se acercó un poco a la contraria y alargó una mano hasta dicha mancha, llevándosela con el pulgar —gracias…— la menor bajó la cabeza avergonzada, grabando a fuego en su memoria el gesto de la castaña llevándose el pulgar sucio de chocolate a su boca.
            —¿Quieres que vaya a buscar más bizcocho?—.
            —N-No… estoy bien, gracias—.
            —¿Sabes? Es la primera vez que entro en este local acompañada de alguien— Seunghee giró la vista hacia el gran ventanal. El logotipo de la cafetería estaba grabado en blanco sobre el cristal, y las luces navideñas se reflejaban dentro y fuera —me gusta este sitio, es tranquilo, es limpio y está apartado del centro—.


La maknae dejó la taza cerca de sus labios, notando el vapor del chocolate acariciar sus pómulos, humedeciendo un poco su piel por la condensación del mismo. Los ojos de Seunghee miraban el exterior de forma melancólica, como si estuviera extrañando algo, o a alguien. Los dedos largos y grandes de Eunbin apretaron la cerámica de la taza sin darse cuenta; estaba feliz de haber sido la primera en acompañar a la ex-líder a ese lugar, pero tenía la sensación de que había alguien más corriendo por la mente de la contraria, y eso le molestaba. Estaba celosa.

   —¿En qué piensas?— preguntó la más alta, escondiendo parte de su rostro tras la taza.
            —En nada— respondió ella. Seunghee esbozó una suave sonrisa en sus labios y finalmente sacó la cuchara de la taza, relamiendo el chocolate que se había quedado en esta —te agradezco mucho que hayas querido acompañarme, de verdad— al poco rato la mujer se terminó el chocolate prácticamente frío y suspiró, dejando reposar su espalda contra el asiento.
            —No me agradezcas, unnie, realmente quería venir y estar un rato a solas contigo—.
            —¿Y eso?— Eunbin tragó saliva, no había mediado sus palabras e improvisar excusas no se le daba demasiado bien.
            —Bu-Bueno… me gusta estar contigo— confesó —siento que no te conozco del todo bien, que todavía debo aprender mucho, y pensé que si te acompañaba podría saber algo más de ti— Seunghee se rio. Solo la maknae sabía lo mucho que amaba esa risa —unnie, lo digo en serio—.
            —Y te creo, cariño, es solo que me pareciste adorable, perdona— contestó la mayor, cubriendo su boca con una mano —¿qué quieres saber de mí?—.
            —Todo…—.
            —¿Todo?— repitió la castaña, parpadeando algo desconcertada —pero hay cosas que no te las puedo contar— la mayor volvió a apoyar su mejilla contra su puño cerrado, inclinándose hacia delante para poder verla a los ojos.
            —Me refería a tus gustos y esas cosas— Eunbin bajó la cabeza y entrelazó sus manos entre sus muslos, apretándolas para calmar su acelerado corazón —unnie, tu siempre te preocupas por nosotras, piensas en todo, aciertas todos los regalos pero cuando se acerca tu cumpleaños o navidades, nunca sabemos qué regalarte—.
            —¿Las chicas te han mandado a que me preguntes qué quiero por navidad?— bromeó la bajita sin dejar de sonreír.
            —No— la morena alzó la cabeza, sintiendo que se perdía en aquellos ojos de color chocolate sin poder evitarlo —hablé en plural pero la que más quiere saberlo soy yo—.
            —¿Por qué?—.
            —Tú has hecho mucho por mí pero yo no he hecho nada por ti. Quiero sorprenderte— la mano libre de Seunghee se acercó al rostro de la menor y acarició una de sus regordetas mejillas, sonriéndole con aquél deje maternal y cálido que tanto la caracterizaba.
            —Lo único que quiero que hagas es que no cambies nunca—.
            —No lo haré, nunca cambiaré— Eunbin ladeó muy ligeramente la cabeza contra aquella mano, sintiéndola un poco más contra su piel. Esos dedos de porcelana tan cálidos y suaves le hacían sentir en el cielo con una simple caricia.
            —¿Lo prometes?—.
            —Lo prometo—.
            —¿Seguimos con las compras? Tenemos todavía mucho trabajo que hacer—.

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