jueves, 26 de diciembre de 2019

Red Moon | Capítulo 3


Buenas tardes florecillas de campo, ¿todo bien?
Me propuse tantas cosas a principio de este año y... bueno, diré que solo cumplí la mitad, pero hey, al menos conseguí trabajo, cosa que no tenía desde hace 3 años, así que algo es algo, ¿no? Antes de que se acabe el año, pero, quería daros un pequeño regalo en forma de capítulo (tengo otra sorpresa guardada, pero la publicaré el día 31 o el día 1 de enero, depende). ¡Feliz navidad atrasada!

¡Disfrutadlo!

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CAPÍTULO 3

El hombre canoso golpeó la mesa de madera con la mano abierta al tiempo que se levantaba, tirando la silla al suelo. Su hija hizo lo mismo, con la diferencia de que ella gozaba de mucha más fuerza, lo que provocó que la mesa se partiera en dos y la silla acabara varios metros tras ella. La mujer que se sentaba en uno de los extremos se levantó también, sin soltar el bol de arroz, comiendo en silencio mientras presenciaba una de las tantas discusiones que padre e hija tenían. Aquella rutina la cansaba, pero ella no podía hacer nada.

   —¡Eres un maldito cobarde!—.
            —¡Cierra la boca, eso no es cierto!—.
            —¡Lo es! ¡¿Por qué demonios le dijiste que no tenía nombre, eh?! ¿Acaso te avergüenzas de mí?— el hombre frunció el ceño y apretó los puños, negando con la cabeza —pues nadie lo diría— contestó ella.
            —No me avergüenzo de ti… Lo hice para protegerte, para que ella no relacionara nada—.
            —Claro, como si la fuera a ver de nuevo—.
            —Seunghee, escúchame—.
            —Mira, padre, estoy harta de tus sermones y tus excusas. Me trataste como a un perro y eso sí que no te lo perdono— lo señaló con el índice, sintiendo la rabia correr dentro de ella. La mujer estaba a nada de ponerse a cuatro patas, transformarse y huir hacia el bosque para vivir como un animal por el resto de sus días. Al menos los lobos comunes la respetaban, y los otros animales no se atrevían a atacarla —¿acaso me ves como a una atracción?—.
            —No digas eso—.
            —¿Y qué quieres que diga? Ayer me llamaste deshonra, me trataste como si fuera un maldito pulgoso y encima tienes la cara dura de decir que todo va a ir bien. ¡No te aguanto!—.
            —¡No es mi culpa que hayas salido así!— la madre dejó de comer, rompiendo el silencio con la punta de sus palillos al dejar que éstos chocaran contra el borde del bol de cerámica. La mirada que le mandó a su esposo dejaba claro lo mucho que se había pasado esta vez —espera, n-no quería decir esto…—.
            —¿Crees que yo elegí nacer así? ¿Todos tus argumentos se resumen a esto? Das pena, padre— Seunghee agarró su arco y su carcaj y abrió la puerta de madera. La mano áspera y llena de callos de su padre se enganchó a su brazo, evitando que se fuera —suéltame—.
            —¿A dónde vas ahora? Está oscureciendo, es peligroso si…—.
            —No te preocupes, me ha quedado más que claro que soy un estorbo— hizo un gesto brusco con su brazo, liberándose así del agarre del hombre canoso, quien tambaleó debido a sus deformes piernas.
            —Hija, espera!—.


• • •

Los finos y pequeños dedos de Soyeon se paseaban con elegancia y maestría entre las cuerdas del gayageum del rey. Las tres hijas de la viuda y noble Kim habían sido entrenadas en las artes de la música y la danza desde pequeñas, y mientras que Miyoung y Heejung destacaban notablemente cantando pansori y acompañando los versos con un tambor respectivamente, la menor de las tres hermanas tenía un talento innato para crear las más bellas melodías con las cuerdas de un simple gayageum. Sin embargo, el instrumento que estaba tocando ahora no era un gayageum cualquiera, sino uno decorado con los mejores relieves en la madera; cuerdas de oro y una cola adornada con piedras preciosas y pequeños destellos de plata.

El rey amaba su sonido, y siempre que una invitada accedía a tocarlo para él durante alguno de los tantos banquetes que se llevaban a cabo dentro del palacio, él quedaba embelesado con la elegancia que ese simple acto suponía. Cualquiera que se fijara en la mirada del monarca, podría ver el amor y la admiración que crecía por momentos respecto a la figura de la pequeña fémina que rompía el silencio de la estancia con su música. Con pasos agigantados, casi saltando de su asiento como un cervatillo que iba a ser cazado, el rey bajó las escaleras que lo mantenían unos centímetros por encima del resto y aterrizó de rodillas frente a la muchacha, la cual paró sus movimientos del susto y la impresión de ver al contrario tan cerca de ella. Soyeon incluso pudo identificar el olor a canela del té que el mayor había tomado antes de que ella empezara a tocar el gayageum. El general Jeon dejó de beber, inclinando un poco su cuerpo para ver qué pasaba entre los dos.

   —Eres maravillosa— susurró el rey muy cerca de los labios de la menor —tu música es mejor que la poesía—.
            —Me halaga, majestad— ella, tímida como era con los hombres, simplemente bajó la cabeza, evitando así la mirada oscura y penetrante del contrario.
            —Ven conmigo al mercado nocturno— el rey tomó el mentón de la morena, obligándola así a que sus ojos se cruzaran de nuevo.
            —¿Está bien si le acompaño?— preguntó ella, haciéndose la tonta cautivada por aquellos rasgos afilados de color de bronce —¿no es más importante que hable con sus hombres y mi esposo para la seguridad de su ciudad?—.
            —Le felicito, general Jeon— el nombrado parpadeó sorprendido al encontrarse con la sonrisa del soberano de Hanseong —tiene a una esposa perfecta que se preocupa por la vida de todos—. El susodicho sonrió mientras alzaba su pequeña copa de cerámica blanca, presumiendo de algo que ni sabía que tenía porque apenas le hacía caso a Soyeon cuando ésta realmente lo necesitaba.
            —Majestad, yo…—.
            —Insisto, ven conmigo. Estoy seguro que la brisa de ésta noche te hará lucir más bella de lo que ya eres—.


El sonrojo en las mejillas de la menor fue genuino. La muchacha no sabía que decir, así que solo asintió de manera muy ligera, lo justo para que el rey pudiera notar el movimiento de cabeza en sus dedos, soltándola segundos después para ordenarles a sus criados que le prepararan el atuendo para salir. El monarca no recordaba cuándo fue la última vez que salió por cuenta propia al mercado nocturno.

Cuando se ponía el sol y la mitad de la guardia que vigilaba la ciudad se retiraba a sus respectivos cuarteles dentro de la fortaleza del palacio, los vendedores aprovechaban el momento y comenzaban a subir los precios de sus productos. Los nobles más interesados salían de sus bellas mansiones y buscaban ellos mismos aquello que les interesaba; mientras que los más pobres se reunían en el centro de la ciudad y preparaban toda aquella basura que ya no necesitaban para quemarla en una gran hoguera, mientras bailaban y cantaban canciones populares. El ambiente de la Hanseong nocturna era completamente diferente a aquella ciudad tranquila y vistosa que Soyeon había visto desde el interior del carruaje.

Nadie era libre de pecado, todos hacían trueques y engaños; en más de una ocasión los pocos soldados que patrullaban habían tenido que separar a cierto grupo de compradores que querían lo mismo. Los únicos que salían verdaderamente ganando de toda aquella maraña de mentiras y engaños eran los vendedores, hombres listos que habían agudizado su ingenio a niveles insospechados simplemente para poder conseguir algo que llevarse a la boca y algo con que abrigarse. El país estaba en guerra desde hacía prácticamente dos años, muchos de los mercaderes que en ocasiones anteriores habían visitado el lugar sabiendo que allí venderían mucho, habían dejado de pisar esas tierras por miedo a acabar atravesados por una flecha perdida o apaleados por la guardia. Eso, además de repercutir en la vida de la ciudad, también lo hacía de manera económica, siendo el palacio el primer lugar donde se había notado la falta de ingresos. El rey estaba furioso, nadie se atrevía a llevarle la contraria aun cuando muchos de sus generales sabían que hacer que sus invitadas tocaran su gayageum no solucionaría el problema que los tenía a todos tan preocupados y nerviosos.

Las tierras vecinas se habían atrevido a entrar en varias ciudades y pueblos de Corea que quedaban lejos de Hanseong, haciendo que muchas veces ni el mismísimo monarca se enterara de esos ataques. Sin embargo, en ese preciso instante, a él le interesaba más presumir de ciudad frente a una de sus invitadas más bonitas con el deseo de que ella lo halagara y le dijera aquello que tanto le gustaba escuchar: que era un rey maravilloso. Hacía tantos años que aquél soberano gobernaba Hanseong, que incluso él mismo dudaba de que fuera tan buen rey como sus consejeros le decían una y otra vez. Él no era un hombre estúpido, pero era cierto que amaba las palabras que agraciaban su figura y su manera de gobernar, haciendo que pusiera todos esos cumplidos por encima de la seguridad de sus habitantes y sus tierras.

Era un rey egoísta. Mientras él pudiera seguir viviendo bajo el techo del gran palacio y pudiera llenar su estómago con los más deliciosos manjares, todo lo demás quedaba en segundo plano.

Tras bajar la colina y seguir el camino de tierra limitado por dos hileras de piedras irregulares a cada lado, el rey y Soyeon llegaron al centro de la ciudad, montados ambos en el mismo caballo. La muchacha agarraba con cierta fuerza la cintura del monarca, procurando no perder el equilibrio con cada nuevo paso que daba el animal. Estando sentada de costado era un poco difícil el no temer caer de espaldas. De hecho, la morena detestaba con toda su alma el no poder montar a caballo como lo hacían todos los demás. Su madre se lo había prohibido de manera estricta después de que cayera de uno de los corceles de la familia, el cual terminó con la cabeza cortada como castigo.

Era común que ella y su hermano Sookyung salieran a pasear montados en el mismo caballo para pasar el rato, o al menos así fue hasta que a Soyeon le llegó el primer sangrado; entonces todo tomó un color más oscuro, frío y triste en su vida. Su hermano fue reclutado en el ejército, y ella pronto se casó con el general Jeon, tomando el apellido de este y borrando todo rastro de Kim.

   —¿Te gusta lo que ves?— la voz del monarca la devolvió al mundo de los vivos, haciéndole parpadear algo sorprendida al ver que su mente había volado para recordar, una vez más, aquellas imágenes de sus últimos momentos felices antes de atar su vida a la de un hombre que cada día que pasaba, menos caso le hacía.
            —Tiene una ciudad muy bella, majestad— respondió ella, girando la cabeza a izquierda y derecha, fijándose en cada pequeño detalle, cada persona, cada luz.


Las luciérnagas iluminaban la parte más lejana de Hanseong, allí donde se mezclaba cierta zona boscosa con el riachuelo que Soyeon logró escuchar la noche anterior, desde la otra punta del bosque. El agua que bajaba de las montañas y rodeaba parte de la ciudad se unía a un pequeño lago que quedaba escondido tras el espesor de las hojas rojas, naranjas y amarillas, muy cerca de los puestos que vendían suministros para la caza. Una de las partes más salvajes y hermosas de aquél territorio se encontraban allí; y a pesar de que la muchacha de cabellos negros quería seguir mirando con tranquilidad todo aquello que la rodeaba, sus ojos no pudieron despegarse de cierta sombra que vio entre las luciérnagas, muy cerca de la orilla del lago. ¿Eso era… una persona? Se asustó.

   —Majestad, creo que…— la chica intentó llamar la atención del monarca, pero éste estaba tan encandilado con las palabras de aquellos pueblerinos que se atrevían a hablar con él que la ignoró por completo.
            —Buenas noches, señor Oh—.
            —¡Majestad! ¡Qué agradable sorpresa!— el monarca saludó al vendedor de pieles mientras éste se encontraba preparando ciertas piezas para vender aquella noche. El hombre de piernas torcidas pronto se arrodilló frente a él, gritando un poco para que pudiera escucharlo aun cuando tenía la cara contra el suelo.
            —¿Hoy no tienes a tu hija contigo?— Soyeon no pudo evitar centrar su atención en la conversación de ambos hombres. Quiso decir algo, pero prefirió callar.
            —No majestad, ¿quiere que la vaya a buscar? No debe de andar muy lejos—.
            —No te molestes, sé que tu hija es una mujer ocupada, pero siempre es bueno verla—.
            —Me halaga demasiado diciendo estas cosas, majestad. Se lo haré saber para que le traiga las mejores pieles que cacemos estos próximos días—.
            —En ese caso, mandaré a mis costureras para que le hagan un nuevo traje. No puede presentarse en el palacio con esos trapos que viste—.
            —Tiene usted toda la razón—.
            —Además, dile que deberá bailar para mí; me encanta su danza de las espadas—.
            —Majestad— interrumpió Soyeon —¿me permitiría estar a solas un momento? Me gustaría pasear por la ciudad, y así les doy espacio para que puedan seguir hablando de estos asuntos que parecen tan privados e importantes—.
            —Por supuesto— él saltó del caballo, tomando a la muchacha por la cintura con una facilidad increíble, dejando que ésta tocara el suelo con sus propios pies —avisa al señor Oh si te cansas, él se encargará de llevarte de nuevo al palacio—.


La joven solo asintió, quedándose quieta unos minutos hasta que vio que el monarca se despedía del vendedor de pieles y volvía a subir a su caballo, continuando él solo con su paseo nocturno. Cuando a Soyeon se le comenzó a dificultar el distinguir la figura del contrario entre tanta oscuridad, ella dio media vuelta y comenzó a caminar por el mismo camino que antes había hecho a lomos del caballo del rey. En su interior se preguntaba si aquello que había visto era realmente una persona o, si por el contrario, todo había sido producto de su desbordante imaginación. Sentía algo de frío, quizás debería haberse puesto alguna capa más bajo su hanbok antes de salir.

Algunos pueblerinos se la quedaron mirando mientras ella caminaba con los brazos cruzados en un vano intento por esconder sus manos y que estas no sintieran tanto frío. Su delicada piel se resecaba con facilidad, por lo que la morena no era demasiado amiga de las estaciones frías y húmedas. Sin embargo, todas sus preocupaciones se quedaron en un segundo plano cuando llegó a la orilla del lago, ahí donde le había parecido ver a una persona. Tampoco tuvo demasiado tiempo para identificar qué era antes de que su atención fuera requerida con la pregunta del monarca, pero aquella sombra…

Con cautela dio unos cuantos pasos entre la hierba, intentando que la larga falda no se enganchara con ningún arbusto traicionero. Las luciérnagas seguían flotando en silencio cerca del lago, y a pesar de que Soyeon estaba bastante preocupada por ensuciarse la ropa y que su madre acabara sermoneándola como de costumbre, un chapoteo en el agua hizo que alzara la cabeza y centrara su atención en el lago. La figura que le había parecido ver minutos atrás estaba de nuevo ahí, emergiendo del agua como un ser mágico e inalcanzable. La joven se escondió tras un árbol, sin importarle si sus manos delicadas y heridas por el frío se cortaban un poco más al dejarlas apoyadas contra el tronco. Su mandíbula inferior cayó unos centímetros y sus ojos se quedaron fijos en la sombra que se bañaba en el agua. Era una mujer, era aquella mujer del mercado: la hija del vendedor de pieles.

Dicha fémina desató la cinta roja que llevaba en el pelo y aquella larga cola de caballo que mantenía su cabello en alto cayó libre contra su piel desnuda. Las puntas de sus largos mechones castaños rozaban su espalda baja al tiempo que flotaban en el agua; su tez, tersa y de un color parecido a un beige claro, le produjo a Soyeon un exceso de saliva. La morena sentía deseos de morderla, de probarla, de saber si aquél aroma a durazno y aquél sabor en su boca eran reales o no. ¿Qué hacía aquella mujer ahí? Tragó saliva de manera notable, sintiendo que su labio inferior temblaba sin poder controlarlo. Se veía a sí misma como una niña pequeña que espiaba a aquél chico que le gustaba, con la única diferencia de que ella ya no era una niña, y que a quien espiaba no era un chico, sino una mujer.

Tiempo atrás había sentido algo similar con una de sus criadas, pero creyó que aquello simplemente se trataba de un sentimiento de amistad íntima que había desarrollado al pasar tantas horas con aquella muchacha. No le pareció aberrante compartir cama con ella; sin embargo, su marido no compartió la misma idea, discusión que terminó con la criada siendo ejecutada a la mañana siguiente en la plaza más grande de Jeonju con el pretexto de que era una persona anormal y pecadora que no merecía seguir viviendo. A pesar del miedo que sentía al recordar todo aquello, Soyeon notaba en su interior que aquél extraño sentimiento comenzaba a repetirse, y no, no había casi interactuado con aquella mujer como para decir que se trataba de una simple y llana amistad.

Había algo que le atraía, alguna cosa que desconocía. Se sorprendió a sí misma al ver que sus ojos oscuros y grandes estaban analizando cada rincón de aquél cuerpo atlético pero carnoso; bello pero marcado. Sintió vergüenza. La hija del vendedor de pieles tenía marcas a lo largo y ancho de su piel; cicatrices de distintas formas y tamaños que tatuaban su cuerpo y que le hacían preguntarse a Soyeon el porqué de todas aquellas señales.

A sus pies, empujada por las pequeñas olas que el mismo cuerpo de aquella muchacha provocaba, llegó la cinta roja que mantuvo su cabello atado. Soyeon la recogió con cautela notando que sus dedos dolían por lo gélida que estaba el agua. ¿Acaso esa mujer no sentía frío bañándose en un lago tan helado como ese? Acarició suavemente con el pulgar la tela de la cinta y una genuina y tímida sonrisa se dibujó en sus labios. Aquél mismo material le traía recuerdos, unos que se vieron interrumpidos cuando, al levantar de nuevo la cabeza en dirección a la chica, vio como unos amarillos y brillantes ojos la observaban sin pestañear. El tiempo a su alrededor se paró por completo.

Quiso huir, escapar de aquella sensación de vértigo que le estaba produciendo aquella amenazante mirada, pero antes de que se diera cuenta, Soyeon sintió que todo lo que la rodeaba se volvía negro y que su cuerpo pesaba mil toneladas, terminando por desmayarse. Lo último que sintió antes de perder la consciencia por completo fue un tirón en su mano que le arrebató la cinta roja.

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